
La noche cae sobre mi, la luna se alza impetuosa iluminando mi sendero hacia el bosque.
Ansiosa deseo atravesarlo, pues se que al otro lado mi joven y eterno amante me esta esperando.
Mi corazón se detuvo, pues ahí estaba él, sus ojos cual miel se clavaron en mi seno.Mi lánguida mirada se ruborizo por un momento, antes de que me diese cuenta nuestros labios se entrelazaron besándose en silencio.
Mi cuerpo ardía, el fuego recorría mis venas quemándome fuertemente.
Mi joven querubín, el que yo envenené con el láudano de mis besos, quedando así desterrado de los cielos, castigado a vagar entre tinieblas, volviéndose pétreo.
Yo le convertí en un no muerto, le obligué a ser uno de los nuestros y ahora era yo la que quedaba presa con sus besos, la que ardía de amor en su lecho.
Hechizada me hallaba por aquel ángel pétreo, llegando a probar así mi propio veneno.
Algún día seré castigada por todo lo que he hecho, sólo espero que Dios me perdone y me acoja en sus cielos.




